Hace poco, en una conversación con un responsable de salud ocupacional, surgió una frase que resume un problema más común de lo que parece: “El calzado cumple con todo… pero no todos lo pueden usar.” Y ahí aparece una de las contradicciones más silenciosas dentro de la gestión del equipo de protección personal:
Cumplir con la norma no siempre significa cumplir con la realidad del usuario.
Muchas empresas invierten correctamente en calzado certificado. Revisan fichas técnicas, validan normativas internacionales… y aun así enfrentan un problema persistente: El trabajador no lo usa como debería.
No por rebeldía.
No por descuido.
Sino por una razón mucho más simple —y a la vez, más compleja—: incomodidad sostenida.
La resistencia al uso no es el problema… es el síntoma
Cuando un trabajador:
- Se quita el calzado en momentos no permitidos
- Afloja constantemente los cordones
- Sustituye el calzado de seguridad por uno informal
- O reduce su tiempo de uso efectivo
No está desafiando la normativa. Está resolviendo una fricción diaria entre su cuerpo y el equipo que debería protegerlo.
Después de varias horas de uso continuo, aparecen señales claras:
- Presión en el empeine
- Compresión en los dedos
- Rozaduras laterales
- Sensación de rigidez
- Fatiga progresiva
Estas no son molestias menores. Son indicadores de que el calzado no está adaptado a la anatomía del usuario.
La variable que casi nunca se evalúa
En la mayoría de procesos de compra, se revisa con detalle:
- Tipo de puntera
- Resistencia de la suela
- Certificaciones
- Materiales
Pero se omite un factor determinante, el sistema de tallaje real del usuario, aquí aparece un problema estructural:
Mucho del calzado importado no corresponde con la numeración local del pie.
Un número 42 europeo, un 9 americano o un 27 cm no siempre representan lo mismo en la práctica. Las equivalencias teóricas existen… pero en la realidad productiva varían según fabricante, horma y país de origen. Y a esto se suma un segundo error aún más crítico:
El ancho del pie prácticamente no se considera
En la mayoría de los procesos, el trabajador recibe el calzado únicamente por largo (número), ignorando completamente que existen diferentes hormas:
- E (ancho)
- W (wide)
- EE / EEE (extra ancho)
El resultado es predecible: Un trabajador puede tener el “número correcto”… pero el calzado sigue siendo incorrecto. Porque el largo coincide, pero el volumen interno no. Y en ese punto, el usuario no elige:
se adapta… o sufre.
Lo que ocurre dentro del calzado (y casi nadie ve)
Durante la jornada laboral, el pie cambia:
- Aumenta la temperatura
- Se incrementa la circulación
- Aparece inflamación progresiva
En muchos casos, el pie puede expandirse hasta acercarse a una talla adicional al final del día.
Si el calzado ya venía ajustado incorrectamente, el efecto se amplifica:
- Mayor presión interna
- Incremento de la fricción
- Aparición de puntos de dolor
- Reducción del flujo sanguíneo
Lo que empezó como una pequeña incomodidad en la mañana…
termina siendo un problema real al final de la jornada.
Una variable silenciosa que casi nunca se menciona
Existe además un factor que rara vez se aborda en los procesos de compra, pero que está presente en un porcentaje significativo de la población laboral: Las condiciones particulares del pie
Sin entrar en profundidad —porque merece un análisis completo—, es importante reconocer condiciones reales como:
- Diabetes
- Espolón calcáneo
- Fascitis plantar
- Pies sensibles o neuropáticos
- Deformaciones estructurales (juanetes, dedos en garra, etc.)
Estas no son excepciones. Son realidades clínicas que requieren criterios específicos de ajuste, materiales y diseño. Y aquí surge una implicación crítica: Un calzado técnicamente correcto… puede ser completamente inadecuado para este tipo de usuario.
No por falla del producto.
Sino por falta de adaptación.
En entornos corporativos, este grupo puede representar cerca de un 15% de los casos, y sin embargo, suele tratarse bajo criterios generales.
El impacto en la adherencia
Un calzado mal tallado no falla de inmediato, falla de forma progresiva:
- Genera incomodidad
- Reduce la concentración
- Modifica el comportamiento
- Disminuye el tiempo real de uso
Hasta que el trabajador encuentra una solución por su cuenta.
Y en ese momento, la certificación deja de tener valor práctico.
El costo invisible para la empresa
Este problema rara vez se mide, pero siempre se siente:
- Fatiga anticipada
- Disminución del rendimiento
- Pausas constantes
- Ajustes repetitivos
- Uso incorrecto del EPP
- Mayor exposición al riesgo
Y lo más delicado: La empresa cree que está cumpliendo… cuando en realidad el calzado no está siendo utilizado como fue diseñado.
Reflexión final
El problema no está en la calidad del calzado. Ni siquiera en la intención de compra. Está en asumir que un número define un pie. Durante años, el enfoque ha sido proteger contra riesgos externos. Pero el verdadero desafío está en el ajuste interno.
Porque al final, todo se resume en una idea clave: La resistencia al uso no es actitud. Es diseño, y el diseño comienza por entender correctamente el pie que lo va a usar.
Próxima entrega
En el siguiente artículo abordaremos cómo estructurar correctamente el tallaje del calzado en entornos corporativos, incorporando no solo variables dimensionales… sino también condiciones reales del usuario que hoy están fuera de la ecuación.

